Wednesday, February 20, 2008

Estadounidense repatriado a México espera volver al país donde fue adoptado


Delirio. David, nombre que le dieron sus padres adoptivos, sueña a diario con las comodidades que tenía en Nueva York. (GARDENIA MENDOZA/La Opinión)

De Nueva York a Puebla
Estadounidense repatriado a México espera volver al país donde fue adoptado


Gardenia Mendoza Aguilar
Enviada especial
13 de enero de 2008

ATLIXCO, México.— "¿Sabe quién es Carlous Marrrtínez Plata?, inquirió un agente de seguridad a uno de los reos de la prisión de New Jersey.

"No tengo idea. Jamás he escuchado ese nombre, nunca…"

"Qué raro [dijo el policía]. Porque es usted… usted ingresó a los Estados Unidos de manera ilegal en 1977. Y va a ser deportadou".

David Lawrence Greene sintió como una intempestiva fiebre por todo su cuerpo.

"¿Yo? ¿Deportado? Pero si tengo mi green card y social security y con 30 años no conozco ni una sola palabra de español. ¿Carlous? ¿Marrrtínez? Un error, seguramente…

"Disculpe, oficial, yo soy de Nueva York y mis padres judíos… algunas veces vamos a la sinagoga. Ya sé que parezco mexicano, pero soy norteamericano. Fui a la high school y a la escuela de enfermería... pregunte…"

"Sorry, Mexican, you have to go to your país", le dijo el policía, haciendo una mueca para contener una risa burlona. Después se fue. Los siguientes días continuaron los preparativos para la repatriación.

David había tomado con tranquilidad su arresto de 10 meses por tener relaciones sexuales en su automóvil con una muchacha de 15 años. Las autoridades lo acusaron de corrupción de menores.

"Me dijo que tenía 19 años cuando la conocí y, como casi todas las afroamericanas, los aparentaba", pensaba David, y se recriminaba por su falta de cautela: estaba enamorado y nada le importaba, ni siquiera manejar cuatro horas desde Nueva York a New Jersey para verla.

Pero ahora David estaba en un embrollo más complicado. ¿Deportado? Mejor telefoneó a sus padres.

"Sí, te adoptamos en México", le respondió su padre desde el hospital donde convalecía por la amputación de una pierna a causa de complicaciones por la diabetes. Como te contamos desde hace años: tus padres son de allá, pero eres nuestro hijo y te sacamos tu ID… ¿Acta de nacimiento? No, no nos pidieron nada para registrarte".

David, ¿o Carlos?, se echó a llorar. Desde que tenía 2 meses de nacido no había vuelto a México. No conocía a nadie, sólo Dios sabe cuál fue la suerte de sus padres naturales.

Rechinó el cerrojo de una de las celdas. "Vamos a cambiarte de cárcel, Carlous Marrrtinez. No, no puedes llamar a tus padres, ni a tu abogado", le dijeron.

David había conseguido a un defensor, Tim Block, a través de las organizaciones defensoras de los derechos de los inmigrantes American Friends Service y Tepeyac. Con su apoyo logró frenar la repatriación en dos ocasiones.

Pero las autoridades de su país insistieron en deportarlo, y 10 días antes del tercer veredicto del juez lo sacaron con base en el argumento del cambio de prisión.

Horas después ya estaba en Texas, rumbo a la frontera, acompañado por un mexicano que conoció en la cárcel y lo invitó a ir a vivir a Santa María Soyula, en Puebla; una caja de cartón en la que llevaba su ropa y 20 dólares era todo su capital.

"Qué estúpido he sido", pensaba al recordar su vida en Nueva York: su madre con principios de Alzheimer, sus tres sobrinos, sus ganas de estudiar hematología, su salario de 1,200 dólares a la semana como chofer de limosina —que gastó en tonterías, acepta—, sus dos mil discos de música hip pop, rap, electrónica…

Se quedó dormido.

Buenas tardes… stán escuch… "¿What?" la WH… radio, en Matamoros, Tamaulipas "¿Where?". David despertó. "¿Qué dicen?", preguntó a su amigo mexicano.

"Que eres bienvenido a México", le respondió.

Cruzaron la frontera. Qué maravilla. David se sintió como un turista explorando unas tierras exóticas, aunque los "pinches gringos" le dijeran que éste era su país y sus amigos mexicanos lo trataran como a un igual, pues el físico moreno, cabello negro y bigote caído lo hermanaban.

Así que ya no se extrañó cuando un desconocido que conducía una camioneta con placas de Nueva York se ofreció a llevarlo hasta Puebla, una misión que no pudo concluir, pues un policía en Orizaba, Veracruz, lo detuvo para quitarle el vehículo —"por tener placas del otro lado"— y el dueño tuvo que ir al cuartel policiaco para defenderlo.

El tío de su amigo de Santa María Soyula les envió cien dólares para que pudieran llegar al pueblo.

Fue entonces cuando a David le cayó encima su realidad: ¿Cómo podrían cobrarlos si no tenía identificación? Él era literalmente un fantasma. No existía. Los estadounidenses dicen que no es de allá, pero en México jamás quedó registro legal de su vida.

La cajera de la casa de cambio confió en ellos y les dio el dinero sin identificación. Así, siguieron el camino.

"Páaasele, pásele… pantalones, camisas, playeras, qué talla, pregúnteme, jefe", gritaba David en el mercado ambulante, el único empleo que pudo conseguir en Santa María Soyula con su atropellado español. "Lo más barato son 95 pesos, no se puede menos, patroncita".

Los primeros días transcurrieron rápidamente para David, vendiendo ropa, esperando noticias de su abogado Tim Block.

Finalmente, éste le recomendó esperar y no intentar cruzar la frontera, pues su estatus migratorio está completamente en el aire, como una papa caliente, en manos de la justicia estadounidense, en tiempos de leyes antiinmigrantes.

David se desesperó de vivir en Santa María Soyula, de vender ropa, amontonar milpa y recoger piedras del campo para ganar 25 dólares a la semana. "¡Ay! Recuerdo cuando ganaba 1,200 dólares semanales", recordaba.

Además, allá tampoco hablan español, sino náhuatl, y la gente se asustaba de que hablara a gritos, "como cualquier neoyorquino".

Por eso se fue a vivir a Atlixco, la segunda ciudad más grande del estado de Puebla, donde el ex neoyorquino se siente más cómodo rentando un minúsculo departamento de cien dólares mensuales donde tiene un colchón en el piso y un librero donde guarda su ropa.

También tiene un patio que le sirve de ducha, pues el baño no tiene regadera, ni mucho menos tina. David se baña a cubetazos con el agua que calienta al sol; luego, entra a la única recámara para secarse sobre una colcha que utiliza como alfombra y sueña con regresar a Estados Unidos, "sólo para hacer dinero" y volver a Atlixco.

"Pinches gringos", piensa el neomexicano.

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